LA INQUIETUD
H ace frío, pero no solamente hace frío, hay una ventisca que colisiona contra su gélido rostro. La calle se encuentra parcialmente desolada, lo suficiente para que los bloques de hormigón le devuelvan el sonido de su calzado golpeando el pavimento. La noche no lo apura. Admira el mural pintado en el alto techo colmado de estrellas, nunca creyó en que haya un «más allá de eso». Nunca creyó en el espacio infinito, siempre tuvo el cínico pensamiento de que el cielo es el final de todo. Que todo lo que vemos desde aquí tiene exactamente el mismo tamaño. Súbitamente algo perturba su divagación, una sensación extraña. No asimila qué, pero lo incita a caminar a un paso más apresurado, como si tratara de escapar de algo; pero... ¿de qué? Este presentimiento parece tener dueño, percibe una extraña figura detrás. Mientras, acelera aún más su marcha. Trata de distinguir su tan temible perpetrador, ¿perpetrador? Sólo puede discernir una silueta amorfa, más bien una sombra que lo acecha, ¿acaso...